Hay un aspecto del secado artesanal que va mucho más allá de la textura o el sabor: el impacto directo sobre el valor nutricional de la pasta. Y el protagonista de esa historia es un aminoácido llamado lisina.

 

La lisina es un aminoácido esencial —es decir, el cuerpo no puede fabricarla por sí solo y depende de la alimentación para obtenerla. Cumple funciones clave: interviene en la reparación de tejidos, fortalece el sistema inmune y es necesaria para absorber correctamente el calcio. El problema es que la lisina es sensible al calor. Cuando la pasta se seca a altas temperaturas, como ocurre en los procesos industriales, la lisina reacciona con los azúcares naturales presentes en la sémola en lo que se conoce como reacción de Maillard. El resultado es que el aminoácido se vuelve biológicamente inútil: sigue estando en la pasta, pero el cuerpo ya no puede aprovecharlo.

 

El secado a baja temperatura —por debajo de los 50°C, como el que usamos en Paese dei Sapori— mantiene esa reacción en niveles mínimos, preservando la lisina en su forma activa y biodisponible. Además, evita la formación de compuestos llamados AGEs (productos de glicación avanzada), asociados a procesos inflamatorios. La diferencia entre una pasta secada de manera artesanal y una industrial no es solo organoléptica: es también nutricional, y se puede medir. El marcador que usan los científicos para evaluarlo es la furosina, un indicador directo de cuánta lisina se degradó durante el proceso. Los valores en pasta artesanal son hasta 5 veces más bajos que en la industrial —una diferencia que habla por sí sola.

Fuente: Giannetti, Boccacci Mariani, Mannino — "La furosina como marker de calidad de la pasta de trigo duro", Tecnica Molitoria, 2013